El arroz dorado es uno de esos productos transgénicos que eran admitidos por el conjunto de la comunidad, lo que incluía la industria agroalimentaria que lo incentivaba, superando las guerras sobre patentes, y buena parte de los movimientos ecológicos, aun cuando Greenpeace estuvo siempre en contra. Su principal ventaja era que procuraba vitamina A y, por lo tanto, facilitaba buena dosis de salud en zonas del mundo escasamente productoras. Su principal beneficio reside en que la vitamina A es necesaria para evitar enfermedades que pueden llevar a la ceguera.

Sin embargo, hace unos días, ciento nueve premios Nobel han firmado una carta contra la oposición de Greenpeace, apuntando la grave responsabilidad de esta organización en las hambrunas en grandes áreas del planeta. Llegan a calificar su postura de “crimen contra la humanidad”. Desde esta organización ecologista, se pone en duda la capacidad de ser metabolizada la sustancia que produce vitamina A por personas y niños desnutridos. Además, vuelven las denuncias sobre la catástrofe producida por la denominada “revolución verde”, que especializa grandes zonas en monocultivos, reduciendo drásticamente la variedad alimentaria en la zona. Desde el movimiento ecologista, los científicos firmantes están al servicio de las grandes multinacionales de la producción agrícola, como Monsanto y Syngenta.

Es la primera vez que se asiste a un debate de estas características, donde parece enfrentarse la razón científico-humanitaria y la razón político-social. Unos ponen en la balanza nada más y nada menos que la vida de millones de personas. La supervivencia inmediata de mucha gente. Los otros, la superviviencia de modelos de organización social, que ponen en valor el trabajo y saber de los agricultores locales y las posibilidades del sistema agroalimentario de sus zonas con inversiones que no enajenen la independencia ni el futuro de tales zonas. No es fácil la decisión.

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