Cuando la sociología de la alimentación desarrolla estudios comparativos entre países, la principal particularidad de la sociedad española no es el jamón de bellota o la ensalada. Tampoco la celebrada dieta mediterránea, que es bastante similar entre los países de la ribera norte del Mare Nostrum. Lo que nos diferencia, es el horario.

No hay ningún otro país en que las comidas principales, aquellas que tienen pleno sentido sociológico y que son marcadas por el ritmo de la vida cotidiana y, a la vez, marcan ese ritmo, sean tan tardías. Hay quienes lo atribuyen al hoy tan discutido cambio de posición en los husos horarios que se produjo en los primeros años del franquismo, alineándonos con los países del centro europeo en esta cuestión, que no en otras. Una explicación que parece difícil de sostener. Entre otras cosas porque tal argumento solar, pues se fundamenta en la hipótesis de que se come según el ciclo solar y no según los horarios marcados socialmente, soporta débilmente el hecho de que, por ejemplo, cenemos de noche, cuando hace bastante rato que el sol ha dicho adiós; mientras que en otros países, al contrario, se cena cuando aún hay luz solar durante la mayor parte del año.

Cuentan los cronistas que, cuando la luz solar regulaba nuestras actividades, la tarde empezaba mucho antes, lo que quiere decir que también lo hacían las comidas. Por ejemplo, las sesiones de teatro de nuestro Siglo del Oro daban comienzo hacia esa hora, especialmente en invierno. Empezar más tarde podía conllevar el riesgo de desarrollar la obra de teatro sin luz.

Hay que buscar razones históricas y no pseudoastronómicas o relativamente anecdóticas, como es la del cambio de uso horario. Sin embargo, es cierto que la incorporación masivamente de nuestro particular horario se produce de manera paralela a la controvertida decisión sobre el huso horario. Razones históricas que tienen que ver sobre qué es lo que estaba pasando en nuestra sociedad y, especialmente, en nuestra economía. Sobre todo, en unas zonas urbanas que experimentan un rápido crecimiento durante los decenios sesenta y setenta del pasado siglo, debido a la migración del hábitat rural a la ciudad. ¿No se han dado cuenta que todavía encontramos personas mayores en nuestros pueblos que a la una del mediodía ya han comido? ¿Por qué esta particularidad? ¿Disponen de otra vinculación con la relación sol-comida? No. Ese horario que nos diferencia tiene que ver con las condiciones económicas y materiales en las que vive una sociedad que, por un lado, sigue hundida en la escasez y, por otra, quiere salir de ella.

Y es que la adopción de nuestro particular horario de comidas tuvo como especial lanzadera a las clases medias urbanas. Ahora bien, hoy en día se trata de un horario compartido. Prácticamente la distribución de nuestros horarios de comidas es, según los datos que presenta la Encuesta de Empleo del Tiempo, que realiza el Instituto Nacional de Estadística, igual entre hombres y mujeres, ocupados e inactivos, gallegos, catalanes, andaluces, madrileños o canarios. Es más, en la comparación con otros países, lo que también llama la atención es nuestra gran coincidencia en la hora de comer. Mientras en otros países, el rango horario en el que se llevan a cabo las comidas es bastante amplio –en la mayor parte de ellos, entre, por ejemplo, las once y media y la una del mediodía- nosotros parece que hemos consagrado como hora de comida la que va entre las dos y las dos y media del mediodía; aunque esto no quita para que haya un porcentaje importante de quienes comen más allá de las tres. Cuando en otros países de nuestro entorno están pensando en la cena

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